Que el Manu siga siendo el parque con mayor biodiversidad registrada del mundo no es una casualidad geográfica: es el resultado de decisiones de protección sostenidas durante décadas.
Y esa protección no está garantizada. Conviene saber de qué se protege el parque y quién lo hace.
Las amenazas reales
La deforestación en los bordes del parque avanza empujada por la agricultura migratoria y la apertura de caminos.
La minería aurífera ilegal, muy activa en la región de Madre de Dios, contamina los ríos con mercurio que acaba en los peces y en quienes los comen.
La tala selectiva de maderas valiosas como la caoba abre trochas que después usan cazadores y colonos.
El tráfico de fauna sigue existiendo, sobre todo de aves y primates jóvenes.
Y el cambio climático desplaza los pisos de vegetación hacia arriba, comprimiendo el hábitat de las especies que ya viven en la parte alta.

Las comunidades como parte de la solución
Dentro y alrededor del Manu viven pueblos matsigenka, harakbut, yine y otros, además de grupos en aislamiento voluntario.
Durante mucho tiempo el modelo de conservación los trató como un problema; hoy el enfoque que funciona es el contrario.
Los acuerdos de conservación reconocen derechos de uso tradicional a cambio de compromisos de manejo, y funcionan mejor que la vigilancia externa.
Muchos guardaparques y guías proceden de estas comunidades, y son quienes mejor detectan una entrada ilegal.
El punto de fondo es simple: si proteger el bosque no da de comer, no se sostiene. Cuando la conservación genera ingresos locales, se sostiene sola.

El turismo, según cómo se haga
El turismo puede financiar la conservación o erosionarla, y la diferencia está en cómo se organiza.
El límite de visitantes y la obligación de entrar con operador autorizado existen precisamente para eso, y no son un trámite.
Un buen operador emplea personal local, respeta las distancias con la fauna, no alimenta animales y no lleva grupos a zonas restringidas.
Como viajero, lo que más pesa es elegir bien el operador, aceptar que no se garantiza ver un jaguar y no comprar artesanía hecha con plumas o dientes.
También cuenta lo básico: llevarse la basura, no usar jabones en los ríos y mantener silencio en los avistamientos.
El Manu se conserva porque hay gente que vive de que siga en pie. El viajero decide, con lo que paga, de qué lado está.
