Escondidas en un pliegue del Valle Sagrado, las salineras de Maras son de los lugares más singulares del Perú: miles de pozas blancas escalonadas en la ladera, trabajadas del mismo modo desde antes de los incas.
En esta guía explicamos cómo funcionan, quién las trabaja y por qué siguen siendo una fuente de ingresos real para las familias de la zona, no solo una postal.
Maras: una práctica antigua que sigue viva
Las salineras se abren en pleno terreno andino, en una quebrada seca a poca distancia de Urubamba, y sorprenden justamente por lo inesperado del paisaje.
Están muy cerca de Moray, y el contraste es notable: mientras las terrazas circulares de Moray remiten a la experimentación agrícola, Maras es pura ingeniería hidráulica aplicada a la sal.
El conjunto reúne más de tres mil pozas poco profundas, de escasa altura cada una, distribuidas en terrazas que siguen la pendiente natural del cerro.
El agua llega de un manantial subterráneo saturado de sal. Se reparte por canales hasta llenar cada poza y allí se deja evaporar bajo el sol andino.
Cuando el agua se va, queda una costra de sal que se raspa a mano. El proceso no ha cambiado en siglos y sigue siendo enteramente manual.
Más allá de lo económico, Maras es un testimonio vivo del ingenio inca y de una forma de organización comunitaria que se ha mantenido.
En un país que cambia rápido, este rincón conserva un ritmo de trabajo heredado que se puede ver funcionando cualquier día del año.


Cosechar el oro blanco: el arte y la ciencia de la sal
La extracción en Maras combina técnica y organización social, y entender una cosa sin la otra deja la mitad de la historia fuera.
Cada familia de la comunidad tiene asignadas sus propias pozas. La titularidad se hereda y el mantenimiento corre por cuenta de quien las trabaja.
La ciencia del proceso es sencilla y eficaz: el manantial aporta agua con una concentración de sal muy alta, que se conduce por canales de tierra hasta cada poza.
Una vez llena, el agua se deja evaporar al sol. La sal cristaliza en la superficie y en el fondo, formando capas de distinta calidad.
La cosecha consiste en raspar con cuidado la costra superior. Requiere pulso: raspar de más estropea el fondo de la poza y obliga a repararla.
La sal se clasifica según su pureza y color, y de ahí salen desde la sal de mesa rosada hasta variedades más gruesas para conservación.
El trabajo depende del clima: en temporada de lluvias las pozas se inundan y la producción se detiene casi por completo.


El valor cultural de Maras: un vínculo con la herencia inca
Más allá de la mecánica, las salineras tienen un peso cultural enorme: son un enlace directo con la forma en que los incas gestionaban los recursos naturales.
Los incas destacaron por su conocimiento de la agricultura, la arquitectura y el aprovechamiento del entorno, y Maras encaja exactamente en esa lógica.
El reparto de las pozas refleja además la estructura social andina y el principio del ayni: cooperación y reciprocidad entre familias de la comunidad.
Hoy es también un atractivo turístico importante, con ingresos que se reparten entre la comunidad y financian el mantenimiento del sitio.
La sal de Maras, de tono rosado y alto contenido mineral, se vende en tiendas gourmet dentro y fuera del Perú.
La visita se combina fácilmente con Moray en la misma salida desde Cusco, y suele ocupar media jornada.
Conviene llevar calzado con agarre y protección solar: los caminos entre pozas son estrechos y el reflejo del sol sobre la sal es intenso.

