El Cusco se recorre entero a pie, pero hay un barrio que conviene reservarse aparte: San Blas, colgado en la ladera justo encima de la Plaza de Armas.
Sus calles empinadas y empedradas concentran talleres de artesanos, miradores y una vida de barrio que el centro ha ido perdiendo.
Es el corazón artesanal de la ciudad: familias que llevan generaciones trabajando la madera, la cerámica y el textil conviven con cafés y galerías nuevas.
San Blas: el barrio de artistas del Cusco
San Blas no es un barrio más: es una de las zonas más antiguas de la ciudad y conserva el trazado inca original bajo las casas coloniales.
A diferencia del bullicio del mercado de San Pedro, aquí el ritmo es lento y se camina sin prisa entre callejuelas estrechas.
Los edificios históricos cuentan su propia historia: muros incas en la base, balcones de madera y patios interiores con enredaderas.
Pero no es un barrio congelado: han aparecido cafés de especialidad, restaurantes y espacios de diseño que conviven con los talleres de siempre.
Su altura respecto al centro le da otra ventaja: desde varios puntos se ve el Cusco entero con los tejados rojos y las montañas al fondo.
Al anochecer cambia por completo: bares pequeños, música en vivo y terrazas con vistas a la ciudad iluminada.
Con todo, sigue siendo un barrio sin pretensiones, donde los vecinos hacen su vida normal entre los visitantes.

Color, oficio y vida de barrio
Recorrer San Blas es ver el oficio en marcha: los talleres trabajan con la puerta abierta y se puede mirar sin comprar nada.
Hay tejedores con telar de cintura, ceramistas y talladores de madera, cada familia con su especialidad y su estilo reconocible.
Por las mañanas huele a pan recién hecho: varias panaderías del barrio siguen usando horno de barro.
Las puertas de madera dan a patios tranquilos donde a menudo se esconden más talleres, galerías o pequeños hostales.
La plaza de San Blas es el centro de todo y funciona como punto de encuentro a cualquier hora del día.
Es habitual encontrar músicos tocando repertorio andino en las esquinas, sobre todo al final de la tarde.
Por la noche los faroles dan al empedrado un tono cálido que explica por qué es el barrio más fotografiado de la ciudad.

Artesanía y visita: qué no perderse
La artesanía de San Blas tiene nombres propios: talleres familiares con varias generaciones, algunos reconocidos oficialmente como maestros artesanos.
Caminar por sus calles es casi recorrer una galería: cerámica pintada a mano, retablos ayacuchanos, tallas y textiles de alpaca.
Comprar aquí tiene una ventaja clara: se compra directamente a quien lo ha hecho, sin intermediarios.
La iglesia de San Blas merece la parada por su púlpito de cedro tallado en una sola pieza, considerado el mejor trabajo en madera del país.
La subida desde la Plaza de Armas es corta pero empinada, y a 3.400 metros se nota: hazla con calma.
Los miradores del barrio son de los mejores puntos para ver la puesta de sol sobre el Cusco.
Si vas a estar varios días en la ciudad, alojarse aquí cambia la experiencia: es tranquilo de noche y está a diez minutos del centro.
